jueves, 11 de octubre de 2012

El futuro de las bibliotecas universitarias: una ojeada a la literatura anglosajona (y 2)


PhOtOnQuAnTiQuE,
"Autopsychotopsie"
Flickr
El tercer bloque estaba formado por una serie de opiniones ciertamente provocadoras que preconizan la muerte o la desaparición de bibliotecas y bibliotecarios,  y que podríamos calificar de "lado oscuro" de la biblioteconomía. De ahí la correspondencia con la película "La amenaza fantasma" de la saga de Star Wars.

En primer lugar un post publicado en julio de 2010 en el blog de Steve Lawson (bibliotecario referencista del Colorado College) con el titulo "Las bibliotecas están muriendo (y eso es una buena cosa)". Si bien Lawson dice que, en realidad, el
post no es suyo y que no hace sino publicar un texto que había recibido de una persona anónima por correo-e, es posible que se trate de la vieja técnica literaria del manuscrito encontrado. Sólo destacaré dos “perlas”: a) la primera (demoledora): las bibliotecas necesitan mucho más a los usuarios, que los usuarios a las bibliotecas; y b) la segunda, en plan boutade: propone establecer una 'fecha de vencimiento' de la profesión de bibliotecario: la Nochevieja del 2034…
 

Otra aportación muy comentada es el artículo “Informe de autopsia de la biblioteca universitaria, 2050” también escrito por un bibliotecario (... ¡parece que tuviéramos al enemigo en casa!) en la revista Chronicle of Higher Education de enero de 2011.  No  me resisto a transcribir, traducido, el comienzo del artículo:


"La biblioteca universitaria ha muerto. A pesar de un diagnóstico temprano, la obstinada negación de unos síntomas cada vez más graves llevó a su deterioro y desaparición. La biblioteca universitaria murió sola, descuidada y olvidada por un mundo que una vez la veneró como el corazón de la universidad . En su lecho de muerte, se la oía mascullar maldiciones en contra de Google y murmurar algo acerca de un antiguo gurú bibliotecario llamado Ranganathan".

Tras constatar la defunción de la biblioteca, nuestro bibliotecario-traidor, Brian T. Sullivan (de la Alfred University, en el estado de Nueva York), pasa a practicar la autopsia desvelando las causas del fallecimiento:
  • las colecciones de libros se han quedado obsoletas, 
  • la formación de usuarios es algo innecesario,
  • la alfabetización informacional ha acabo por incorporarse a los planes de estudio, 
  • bibliotecas y bibliotecarios se han integrado definitivamente en los servicios informáticos, 
  • los servicios de referencia han desaparecido siendo reemplazados por los buscadores y las redes sociales,
  • en definitiva, la economía se ha impuesto a la calidad (las bibliotecas son caras a diferencia de Google o la Wikipedia).   

El final también tiene "miga":

"... es muy posible que se hubiese podido salvar la vida de la biblioteca universitaria si la última generación de bibliotecarios hubiese dedicado más tiempo a trazar un camino realista hacia el futuro en lugar de dedicarse a tendencias anticuadas mientras repetían irracionalmente mantras como "siempre habrá libros y bibliotecas" y "la gente siempre va a necesitar a los bibliotecarios para aprender a usar la información". Nunca sabremos qué tipo de tratamiento hubiera funcionado. Los bibliotecarios sembraron las semillas de su propia destrucción y son los responsables de su propia caída".

En ese mismo año de 2011, una gran polémica animó buena parte del debate bibliotecario americano: el “caso McMastergate”. El causante fue Jeff Trzeciak, director de la Biblioteca de la Universidad de McMaster (Canadá) que, invitado a pronunciar una conferencia en la Penn State University, dijo una serie de cosas que levantaron ampollas no sólo entre los asistentes, sino entre toda la profesión bibliotecaria americana. Mr.Trzeciak contó algunas de las cosas que había llevado a cabo en su biblioteca, como reasignar a los catalogadores a los servicios al público, eliminar los mostradores de préstamo y de referencia... Pero por lo que más críticas recibió fue por afirmar que en su biblioteca ya no se iba a contratar a más bibliotecarios titulados en biblioteconomía, sino que se iba a incorporar a informáticos y a becarios post-doctorales de otras disciplinas científicas.  Venía a decir que las bibliotecas ya no necesitan a los bibliotecarios. Mucho se escribió y se dijo en contra de este director que finalmente tuvo que dejar su puesto en la McMaster (si bien ha sido contratado por la universidad de Washington in St. Louis)


Para acabar con este bloque de opiniones "cenizas", la de Steve Coffman, Vicepresidente de la compañía de servicios bibliotecarios LLSI, que en abril de 2012 publicó un artículo en
Information Today bajo el título "Decadencia y caída del imperio bibliotecario". Un artículo que, por cierto, comentan Nieves González en su blog “bibliotecarios 2.0” o Jesús Tramullas en el suyo. El artículo viene a decir que los bibliotecarios nos hemos pasado los últimos 30 años soñando con desempeñar un papel central en la revolución digital albergando sueños y proyectos que no han llegado ni a despegar: directorios web, biblioteca 2.0, referencia virtual, búsquedas intermediadas, el servicio de ordenadores de uso público, e-books, biblioteca electrónica…  Todo parece indicar que desde hace tiempo hemos estado apostando al caballo perdedor...

El último grupo de opiniones que repasé en mi intervención sostiene la necesidad que bibliotecas y bibliotecarios se transformen.  Algo así como le ocurría al protagonista de la película “Tootsie”.

En primer lugar un artículo del entorno OCLC publicado en diciembre de 2010. En él ("Repensando los límites de la biblioteca universitaria"), sus autores, Lorcan Dempsey y Brian Lavoie, nos proponen un marco interpretativo del futuro de las bibliotecas universitarias basado en el concepto del “coste de transacción”. Según ellos
“los costes de transacción son costes especiales que conlleva encargar a alguien que haga algo en lugar de hacerlo uno mismo". Tal es, por ejemplo, el suministro de información científica para el que las universidades montan sus bibliotecas. Mientras a las universidades les resulte más barato aprovisionarse de información internamente, mantendrán sus bibliotecas. Pero si - como parece suceder ahora debido a internet y la tecnología digital – resulta más barato irlo a buscar fuera, entonces las bibliotecas tienen mucho (o todo) que perder. Para sobrevivir, las bibliotecas universitarias deberían poner en marcha servicios que resulten útiles a sus instituciones y que sean más baratos  de producir dentro de la universidad que fuera (o que no existan aún en el mercado).

Otro influyente bibliotecario norteamericano, Rick Anderson, de la Universidad de Utah, publicó en el número de julio de 2011 de 
The Journal of Academic Librarianship un editorial bajo el título "La crisis en la biblioteconomía universitaria" (1) con pistas para hacernos reflexionar sobre nuestro futuro. En su opinión hay 3 factores que explican esa crisis:


  • que la percepción prevalece sobre la realidad (así, el futuro de las bibliotecas no está determinado por lo que las éstas hacen, sino por lo que los usuarios creen sus propias capacidades para encontrar y usar la información);
  • en conexión con ello (y en parte por ello), que los usuarios ya no necesitan tanto las bibliotecas como antes;
  • que lo que no se valora no resulta valioso (y los usuarios no valoran las bibliotecas). 

Así, y aunque las bibliotecas se han esforzando por pasarse a lo digital, continúan con formas de hacer tradicionales que las van relegando a una posición marginal. Las bibliotecas universitarias están en un punto de inflexión; y aunque en las universidades se las siga respetando y hasta venerando, no será por mucho tiempo. Por eso, o dan razones de peso para seguir recibiendo financiación, o lo tienen crudo. Así, deben preguntarse no por el valor que ofrecen, sino por el que los usuarios creen que ofrecen. Y ya que lo que ahora ofrecen no es percibido por éstos como valioso, o se cambia su forma de pensar (lo cual, dice Anderson, es imposible) o se reinventan...

En marzo de 2011 fue publicado el informe “Redefining the Academic Library: Managing the Migration to Digital Information Services”, elaborado por una consultora norteamericana, el University Leadership Council. Según este informe, que se dirige a los
provosts (i.e., rectores y vicerrectores), la confluencia de avances en la tecnología, cambios en las demandas de los usuarios y crecientes restricciones presupuestarias obliga a las bibliotecas universitarias a adaptarse si es que no se quieren quedar obsoletas. El papel tradicional de la  biblioteca como depósito de libros y lugar de estudio se está difuminando lo cual tiene importantes implicaciones sobre la utilización del espacio, las adquisiciones y los RR.HH. (es decir, con implicaciones en materia de costes y dólares, lo cual, obviamente interesa a los provosts). El informe ofrece diversas “recetas” para esa adaptación.  Lo bueno (o lo malo, no lo sé) es que los provosts parece que se han leído el informe y han empezado a aplicar sus “recetas” para “redefinir” las bibliotecas.

A continuación proyecté una diapositiva con la imagen del humorista español José Mota por aquello de que fue quien popularizó la frase de 
“si no es por no ir, si hay que ir se va, pero ir por ir es tontería”. En cierto modo esta ocurrencia sería la moraleja de otro editorial, de Sarah K. Pritchard, bibliotecaria de la Northwestern University, en el número de octubre de 2011 de la revista portal: Libraries and the Academy (2). El título está basado en un verso del poeta irlandés Yeats que viene a decir que todo lo ordenado, lo conocido, lo predecible, se viene abajo y que perdemos nuestro centro, nuestras referencias.  Eso  mismo parece que está sucediendo con las bibliotecas por cuanto cada vez más el bibliotecario debe trabajar fuera de la biblioteca  (dis-located) y las propias colecciones, hasta ahora nuestro “centro”, también están siendo de-centered (deslocalizadas). Según Pritchard los bibliotecarios somos “diseñadores de interfaces” de los usuarios con la información.  Si la naturaleza de la información cambia, también lo tienen que hacer nuestros diseños; ahí es donde tenemos la oportunidad de prosperar (we can thrive) por mucho que nuestro centro tradicional no aguante.

Y ya para acabar algo sobre la filosofía emprendedora de los bibliotecarios. La cuestión es que ya no se trata de encontrar nuevas formas de hacer lo de siempre, sino de hacer nuevas cosas para seguir siendo útiles al aprendizaje y la investigación. Para ayudarnos Brian Matthews, bibliotecario de la Universidad de Virginia Tech, publicó hace poco su libro blanco del bibliotecario-emprendedor donde, para decidir qué cosas nuevas podemos hacer propone seguir el ejemplo las empresas
startup: empresas dedicadas a crear cosas nuevas bajo condiciones de incertidumbre  en las que resulta crucial llegar a un  modelo de negocio replicable (repetible de forma rápida y barata en otros lugares) y escalable (con capacidad de crecimiento pero sin que crezcan los costes).

A la vista de todo lo anterior, la verdad es que uno no sabe muy bien a qué carta quedarse: ¿desaparición?, ¿renacimiento?, ¿reinvención?, ¿bibliotecarios sin bibliotecas?, ¿bibliotecas sin bibliotecarios?... Para intentar arrojar un poco de luz, y a modo de colofón, añadí algo que dijo hace poco en una entrevista Clifford Lynch publicada en
Information Today(3) y que podríamos considerar como el telón de fondo de todo este debate: "las bibliotecas universitarias no tienen un patrón inherente de evolución; su futuro se modelará por la evolución de la educación superior, la ciencia y la comunicación científica".

Esto es todo; fin de la película.


(1) R.Anderson, "The crisis in research librarianship", The Journal of Academic Librarianship, 37, 4 (2011) , págs. 289-290. Hay disponible una versión open access en el repositorio de la Universidad de Utah.
(2) S.M. Pritchard, "The Center Cannot Hold, But We Can Thrive", portal: Libraries and the Academy, 11, 4 (2011), págs. 883-885.
(3) M. Drake, "Clifford Lynch: The Changing Landscape of Libraries", Information Today, 29, 3 (2012),